Sus cielos cubiertos de un azul en el que solo las joyas de
la reina eran comparables con su pureza, en ella las nubes se movían rápidamente
bailando un danzón, un tango, una salsa; un vals en que ellas solo entendían los
acordes y con sus movimientos inesperados se llegaban a unir a otra haciendo
parejas en sus pasos rítmicos. El Sol las iluminaba y dirigía toda la orquesta
que estaba bajo él haciendo notar al mundo que solo él era capaz de tal magnificencia
hasta que caía la noche en la que la rebeldía caía, la lujuria se adueñaba y el
electro se manifestaba en rayos poderosos que asustaban y llenaban de adrenalina
el aire que paseaba; mientras que las estrellas cómplices sin parpadear para
seguir viendo la fiesta que se organizaba se juntaban y se expandían para crear
un ambiente en el que solo sus ojos, sus lunas cafés existían.
En el atardecer y anochecer de todos los días las olas
chocaban contra todo lo que hubiera a su paso sin discriminar nada aunque solo
quisiera que chocaran contra mí y me remolcaran hasta la orilla para que me
volviera a parar con la espalda rasguñada y los ojos rojos y volverme a
adentrar en sus misterios, en su oscuridad y luz y en ese amor que solo a mí me
permitía estar. La veía y la saboreaba, cada instante antes y después porque
durante era totalmente suyo; todos mis movimientos eran para satisfacerla, para
estar más dentro de ella y para que al final de tirarme y dejarme sin fuerzas en
la orilla me volviera a invitar a adentrarme y para que volvamos a repetirlo
una y otra vez, con más fuerza, con más energía, con más amor; con esos labios
suyos que tanto amaba a los que besaba, mordía y gozaba cada minuto.
Corro por los misterios de su cuerpo, una selva suave y
peligrosa, llena de retos y obstáculos en los que corriendo, brincando, arrastrándome,
balanceándome y manteniendo el equilibrio me costaba avanzar pero siempre con
una sonrisa y con la alegría de estar ahí. Al final brincaba cascadas y caía en
las lagunas de agua helada para emerger de lo más profundo y verla a mi lado de
nuevo invitándome a seguir explorando su cabello y piel.
Tratar de llegar al centro de la tierra nunca ha sido
imposible y menos cuando te permiten entrar al corazón, si es que eres capaz y
apto para hacerlo. El amor se gana, se respeta y se propaga para que nunca se
apague ese incendio que causo una chispa de un beso y la pólvora de una pasión,
de una locura y de un amor incomparable en que solo estamos ella y yo.
A cinco del 23, del uno punto seis, a nada de algo que ya comenzó
y que no ve fin.
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